CAMPAMENTOS DE REFUGIADOS
Creciendo Para Dar
Fortalecemos la seguridad alimentaria y la resiliencia en contextos de desplazamiento con huertos comunitarios, capacitación, agua segura y apoyo esencial.
CAMPAMENTOS DE REFUGIADOS
Creciendo Para Dar
Fortalecemos la seguridad alimentaria y la resiliencia en contextos de desplazamiento con huertos comunitarios, capacitación, agua segura y apoyo esencial.
Cuando estalla un conflicto armado, cuando una comunidad se vuelve blanco de persecución o cuando un desastre natural destruye barrios enteros, hay personas que no tienen tiempo de “planificar” una mudanza. Huyen. Dejan atrás su casa, su trabajo, sus pertenencias, a veces a familiares, y se convierten en desplazados forzados. Para ellos, un campamento de refugiados no es un destino ideal: es, muchas veces, el único lugar donde existe una posibilidad inmediata de seguridad, agua, alimento y un techo.
La instalación de campamentos de refugiados es una respuesta humanitaria que busca cubrir necesidades mínimas en medio del colapso. Estos asentamientos se crean para ofrecer protección básica y acceso a servicios esenciales a personas que fueron obligadas a abandonar su hogar por violencia, amenazas, victimización o catástrofes. En condiciones extremas, un campamento puede significar la diferencia entre la vida y la muerte: reduce exposición a ataques, provee asistencia médica inicial, y permite organizar distribución de agua y alimentos en una escala que sería imposible si las familias quedaran dispersas y aisladas.
Aunque parezca un fenómeno “moderno”, los campamentos no son nuevos. Durante décadas —y en distintas regiones del mundo— se han utilizado como una solución de emergencia frente a crisis masivas. En el siglo XX, muchos se establecieron para alojar a desplazados por guerras y reorganizaciones territoriales. Hoy, la magnitud del desplazamiento global sigue creciendo a medida que persisten conflictos, colapsos económicos, crisis climáticas y tensiones sociales. La realidad es dura: millones de personas viven durante años en lo que se diseñó como una solución temporal.
Estos campamentos existen en múltiples continentes, aunque una gran proporción se concentra en regiones de África y del Medio Oriente por su cercanía a zonas de conflicto o por rutas migratorias forzadas. Varios países han asumido el peso de recibir grandes poblaciones refugiadas, y en algunos casos se han formado verdaderas “ciudades” de carpas y estructuras improvisadas. El desafío es enorme: incluso con ayuda internacional, sostener agua, saneamiento, atención médica y nutrición para cientos de miles de personas es una operación compleja y costosa.
Para comprender lo que significa un campamento a gran escala, conviene mirar el caso de Kutupalong, cerca de Cox’s Bazar, en el sureste de Bangladesh. El desplazamiento masivo de la población rohingya se intensificó en 2017, cuando la violencia se disparó en el estado de Rakhine, Myanmar, provocando la salida de cientos de miles de personas. Una gran parte buscó refugio en Bangladesh, y allí Kutupalong se convirtió en símbolo de una crisis humanitaria que no se resolvió de un día para otro.
Kutupalong se extiende entre colinas y valles, con una densidad humana extraordinaria. En este tipo de asentamientos, el paisaje cambia: caminos de tierra estrechos, viviendas improvisadas con bambú y lonas plásticas, puntos de distribución de agua, clínicas con recursos limitados, áreas de cocina comunitaria y espacios donde organizaciones humanitarias intentan crear orden dentro de lo posible. En la práctica, es una ciudad forzada, sin la infraestructura que normalmente sostendría a una ciudad.
Las condiciones de vida en campamentos así suelen ser difíciles por definición. El hacinamiento aumenta riesgos: enfermedades respiratorias, brotes gastrointestinales, contaminación del agua, incendios accidentales y violencia de género. Cuando miles de familias comparten espacios reducidos, mantener higiene se vuelve un reto diario, sobre todo si el acceso al agua potable y a instalaciones sanitarias no es constante. El calor, las lluvias intensas y los vientos pueden deteriorar refugios frágiles; y en temporadas de monzón, la erosión y los deslizamientos de tierra agravan aún más la vulnerabilidad.
Aun así, lo que también aparece en estos lugares es la capacidad humana de adaptarse. Personas que han perdido casi todo intentan reconstruir rutinas: pequeños emprendimientos dentro del campamento, redes de apoyo vecinal, iniciativas comunitarias para mejorar limpieza de calles internas, espacios educativos informales para niños, y proyectos de capacitación. Esa resiliencia no elimina la crisis, pero demuestra que la gente no es “pasiva”: busca oportunidades para sobrevivir con dignidad.
El problema es el tiempo. Muchos refugiados pasan años —a veces décadas— en campamentos sin un camino claro hacia soluciones estables: retorno seguro, integración en el país receptor o reasentamiento en un tercer país. Y mientras eso no ocurre, la comunidad internacional enfrenta una responsabilidad: sostener ayuda esencial y, a la vez, invertir en estrategias que reduzcan dependencia crónica y aumenten autonomía.
La realidad de un campamento varía según los recursos disponibles, la capacidad del país anfitrión y la continuidad del apoyo internacional. Sin embargo, hay patrones repetidos: hacinamiento, presión sobre servicios básicos, escasez de oportunidades de empleo, y tensiones sociales que surgen cuando la incertidumbre se prolonga. En muchos casos, las restricciones de movimiento y trabajo impiden que las personas generen ingresos estables, lo que aumenta dependencia de la ayuda humanitaria.
El saneamiento es uno de los puntos más críticos. Cuando no hay suficientes baños, sistemas de drenaje o manejo adecuado de residuos, el riesgo de contaminación se multiplica. En espacios densamente poblados, la propagación de bacterias y virus se vuelve más rápida, y un brote puede escalar de forma explosiva. Por eso, agua potable segura y saneamiento no son “servicios extras”: son una defensa sanitaria vital.
Las crisis de salud asociadas al agua contaminada pueden ser devastadoras. Enfermedades gastrointestinales severas, brotes de diarrea aguda y complicaciones por deshidratación afectan especialmente a niños y adultos mayores. En entornos donde la atención médica es limitada, la prevención es la estrategia más poderosa. En este contexto, la educación sanitaria, la higiene, el acceso constante a agua segura y la infraestructura de saneamiento son tan importantes como la provisión de alimentos.
Además, la alimentación en campamentos suele basarse en raciones y productos de larga duración, lo cual puede mantener calorías pero no siempre garantiza diversidad nutricional. Deficiencias de micronutrientes, anemia y malnutrición pueden aparecer, sobre todo en embarazadas y niños. Por eso, complementar la dieta con alimentos frescos —cuando es posible— se vuelve un objetivo clave para salud comunitaria.
Aunque ningún campamento es un “buen lugar” para vivir, en muchos casos son una estructura necesaria para proteger vidas en medio del desplazamiento forzado. Allí es donde organizaciones sin fines de lucro pueden aportar valor: no solo con ayuda inmediata, sino con soluciones que fortalezcan capacidades dentro del campamento y reduzcan vulnerabilidad. En ese marco, Growing To Give puede contribuir con enfoques orientados a seguridad alimentaria, capacitación práctica y sistemas de cultivo eficientes.
Nuestro enfoque entiende que la comida no es solo “entregar raciones”. La comida es salud, estabilidad emocional, y una forma de recuperar control sobre la vida diaria. Por eso, en campamentos de refugiados (y también en contextos similares, como comunidades desplazadas por desastres), los programas de huertos compartidos y micro-agricultura pueden marcar una diferencia. Donde haya un espacio viable —dentro o cerca del campamento— pueden establecerse jardines comunitarios, módulos de cultivo en contenedores, o sistemas adaptados a recursos limitados.
En un entorno donde el agua es un recurso escaso o costoso, la eficiencia hídrica es esencial. Los jardines orientados a bajo consumo de agua, el uso de riego por goteo cuando sea posible, la reutilización segura de agua, y técnicas de conservación de humedad (mulch, sombra parcial, suelos mejorados con materia orgánica) ayudan a que el cultivo sea viable. Estos sistemas no solo producen alimentos: crean habilidades que las personas pueden llevar consigo si regresan a su región o se reasientan.
Además, el componente educativo es crucial. Capacitar a residentes del campamento en prácticas de cultivo, manejo de suelos, compostaje, higiene en alimentos y preparación nutritiva puede elevar el impacto del programa. Con semillas, herramientas básicas, acceso a agua y acompañamiento técnico, un huerto comunitario se convierte en un centro de aprendizaje práctico y en un espacio que fortalece el tejido social.
La producción local, aunque no cubra el 100% de la demanda alimentaria, puede mejorar diversidad nutricional. Verduras de hoja, hierbas, legumbres, tomates, pepinos u otros cultivos rápidos —según clima y temporada— pueden complementar raciones y apoyar cocinas comunitarias. En algunos escenarios, el excedente puede distribuirse a familias más vulnerables dentro del campamento, reforzando solidaridad interna.
Pero quizá el beneficio más profundo es el impacto psicológico. Cultivar algo vivo en un entorno marcado por pérdida y trauma puede devolver propósito, rutina y sensación de pertenencia. Los jardines también pueden crear espacios seguros para mujeres, ancianos y jóvenes, facilitando redes de apoyo. En pocas palabras: un huerto puede convertirse en un punto de dignidad.
Growing To Give prioriza enfoques que puedan sostenerse en el tiempo, incluso cuando el apoyo inicial disminuye. Esto implica trabajar con organizaciones locales y actores dentro del campamento, formar “equipos comunitarios” de mantenimiento, y diseñar sistemas simples, replicables y adaptados a materiales disponibles. La meta no es imponer un modelo único, sino construir soluciones con la comunidad.
La respuesta humanitaria más efectiva combina dos capas: lo inmediato (agua, refugio, atención médica, protección) y lo resiliente (habilidades, producción local, saneamiento mejorado, educación y oportunidades). En campamentos de refugiados, donde la incertidumbre puede durar años, esa segunda capa es vital. Fortalecer la seguridad alimentaria con micro-agricultura y educación práctica es una forma de reducir vulnerabilidad, mejorar salud y devolver agencia a personas que han sido forzadas a comenzar de nuevo.
Finalmente, ningún programa dentro de un campamento puede reemplazar la necesidad de soluciones políticas y humanas de fondo: prevenir conflictos, proteger derechos, reducir persecución, atender crisis climáticas y crear rutas seguras de reasentamiento. Sin embargo, mientras esa solución definitiva llega, cada acción que aumente seguridad, salud y dignidad importa. Y ahí es donde Growing To Give busca contribuir: sembrando resiliencia donde el mundo a veces solo ve emergencia.